La confusión de premisas y la consecuente decepción

Hace un par de noches leí de un tirón un libro que, en general, ha recibido buenas críticas, Los cien mil reinos. No sólo buenas críticas, a decir verdad, sino que, además, su autora, Nora K. Jemisin, fue galardona con el premio Locus por este título. La premisa de este libro es una guerra por la sucesión de un reino, en la que se ve envuelta la nieta del actual gobernante, todo ello en un mundo de fantasía.

Quizá me equivoqué, pero esta premisa me dio a entender que estaba ante una novela en la que la intriga, las luchas palaciegas y las relaciones de confianza entre los personajes serían el núcleo de una historia que podría contener amistad, amor, aventuras, traiciones, etc. Pero en realidad, al ir leyendo, descubrí que se parece más a una novela romántica, con encuentros sexuales incluidos, que una novela de fantasía al uso.

Puede que Los cien mil reino se una vuelta de tuerca al género, pero no es lo que la premisa que tanto remarco daba a entender y, por eso mismo, recordé el tan socorrido pacto de lectura entre el autor y el lector que es lo que, a la postre, hace que una novela convenza o sea mediocre.

 

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